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Para un romano, la expresión «Cuidado, que vienen curvas» no tendría sentido

¿En qué pensamos cuando nos imaginamos el Imperio Romano? ¿En sus edificaciones, en el ordenado ejército, en la moneda y su sistema contable? Cierto: todo lo anterior tuvo una gran importancia en el desarrollo de nuestra civilización, y queda hoy como remanente de su cultura.

Pero si por algo destacó aquel imperio fue por las calzadas romanas, que fomentaron todo lo anterior. Gracias a este denso sistema de vías, que llegaron a cruzar Europa por completo, fue posible importar los conocimientos sobre construcción a otras ciudades del imperio, transportar un numeroso ejército allí donde hacía falta, y unificar Europa mediante un mismo sistema contable.

Además del hecho de que los romanos, con su “primitiva” tecnología (en sentido puramente cronológico), pudiesen tender una amplia red de carreteras a lo largo de miles de valles; llama la atención el modo en que estas calzadas fueron construidas. Allí donde miramos vemos líneas rectas que atraviesan países y unen ciudades. Para un romano, la expresión «Cuidado, que vienen curvas», no tendría sentido.

¿Cómo se construye una calzada romana?

Jesús Rodríguez Morales, en su texto Las vías romanas en la erudición moderna, resalta la importancia de que, ya en el siglo II a.C. «las vías […] eran construidas por empresas privadas que ganaban un concurso público y que las calzadas tenían bordillos». Se sabe gracias a un texto de Tito Livio (174 a.C.):

«Estos censores fueron los primeros que concedieron contratos para pavimentar las vías con piedra en la ciudad, con grava fuera de ella, y para colocar ladrillos, y también construir puentes en muchos lugares»

En el mismo texto de Morales se habla sobre tres tipos de vía romana: vías de tierra, o viae terrenae; vías afirmadas con grava,  viae glarea iniectae o stratae; vías afirmadas con piedra, o viae lapide stratae. Las últimas dos son las que hoy conocemos como calzadas romanas, y hay bastante consenso sobre cómo se llevaron a cabo la mayoría de ellas, aunque también se sabe que no había un único método constructivo.

Capas de una calzada romana

Diferentes capas de la subestructura de una calzada romana de una calle de Pompeya. (A) Suelo, (B) Statumen, (C) Piedra Cantera, cemento y loam, (D) Nucleus, (E) Dorsum, (F) Crepido, (G) Piedra angular. Fuente y más datos: J. D. Redding

Entrando en el siglo XVII, Nicolás Bergier defendió la idea de que existían cuatro capas de metro a metro y medio de espesor rodeadas de fulci o fosas laterales. La anchura intentó conservarse en todo el imperio, aunque por motivos de escasez de materiales o de dificultad constructiva en muchas ocasiones vemos calzadas muy estrechas.

Aunque la mayoría de ellas fueron construidas como calzadas de un ancho nominal, sus laterales fueron desmantelados en las inmediaciones de iglesias y campos dedicados al ganado, cuando la piedra era requerida en otro lugar y resultaba más asequible. Estas calzadas suelen cumplir varios requisitos:

  1. Son predominantemente rectas, al menos relativamente, y llama la atención cómo de rectas son con respecto a otros sistemas de transporte moderno como pueden ser las carreteras. En ocasiones, estas siguen senderos mucho menos directos, otorgando espacio predominante a las vías de tren, cuya exigencia por la línea recta es mayor.
  2. Disponen de una pendiente mínima, a veces a lo largo de cientos de kilómetros. Resulta impactante descubrir, nivel en mano, cómo los romanos fueron capaces de proyectar carreteras de un lado a otro del imperio sin grandes elevaciones a través de enormes distancias y accidentes geográficos. Gracias a esto, el cansancio de las bestias y personas se minimizaba considerablemente.

Esto no significa que los romanos no hiciesen curvas. La fotografía que encabeza este artículo muestra una leve curva. Cuando el terreno hacía muy difícil la construcción en línea recta, los romanos construían curvas, pero intentaban evitarlas por su falta de productividad. Para ello, usaban la mejor tecnología del momento.

La importancia de la tecnología en la construcción

En el presente es rara la construcción que no se lleva a cabo primero con herramientas virtuales, como fue el caso del Guggenheim. Por eso, miramos al pasado y nos cuesta ver las herramientas de construcción como tecnología avanzada. Había varias herramientas muy interesantes que hicieron del Imperio Romano una gran civilización:

  • La dioptra (izquierda en el dibujo), que fue un artilugio que hoy equipararíamos a taquímetro y que permite la lectura de ángulos verticales y horizontales, así como las distancias entre sus vértices mediante relaciones trigonométricas.
  • El corobate (arriba), un instrumento también muy útil de cara a la nivelación del terreno. De hecho, el nivel moderno es su evolución tecnológica.
  • La groma (abajo), una suerte de pértiga vertical con varios travesaños colocados en ángulo recto con capacidad de giro. Era increíblemente útil para comprobar alineaciones a lo largo de kilómetros.

Bocetos de instrumentos de medida para construcción de calzadas romanas: Dioptra, Corobate, Groma

Fuentes: Dioptra: H. Schöne, Wikipedia / Corobate: Nerijp (CC BY-SA 3.0), Wikipedia / Groma: Cienciahistorica.com

La dioptra daba un muy buen servicio en largas distancias, especialmente de noche haciendo uso de candelas marcadoras. El corobate servía como nivel “local” (cercano), aunque a mayor longitud de madera se conseguían resultados más fieles en medias distancias.

Como la groma, a mayor longitud de la madera o pértiga, más complicado manejar mediante sus plomadas, pero mayor precisión en nivel a grandes distancias. Este sistema de nivelación, coordinado con un marcaje del terreno mediante hitos verticales (metae), hacían de estas herramientas alta tecnología capaz de perfilar calzadas.

Rectas romanas particularmente largas

Debido a la forma esferoidal de nuestro planeta, una persona sentada a orillas de un puerto náutico, con vista en el mar, no es capaz de ver más allá de 5 km antes de que la curvatura del agua le impida ver más superficie, según el método de Young. Distintas alturas humanas, y cálculos algo más completos, dan resultados similares.

Imagen que representa la fórmula de la distancia al horizonte para el trazado de vías romanas. Método simplificado de Young

Fuente Jeff Conrad (CC BY 3.0), Wikipedia

Aunque los romanos se apoyaban en escalas, torres y cerros para dibujar sus líneas, llaman la atención algunas vías particularmente largas, como la Vía Apiade más de 90 km de largo, que recorre la distancia entre Roma y Terracina. A altura del suelo, supone proyectar una obra a casi 20 veces el horizonte visible.

Usando la misma ecuación simplificada de Young, nos damos cuenta que para ver por completo esta calzada romana habría hecho falta situar nuestra vista a 550 metros de altura. Teniendo en cuenta que la altitud de Roma ronda los 37 metros y Terracina los 22 m sobre el nivel del mar, sumado a que entre ambas localidades no hay montes de importancia, hacen todavía más impresionante la obra.

Recorrido de la distancia de 90 km entre Roma y Terracina

Fuente: Izq. Google Maps. Dcha. Dare.ht.lu.se

En los mapas de arriba, con la ruta por carretera de Google Maps a la izquierda y el Digital Atlas of the Roman Empire de la Universidad de Lund a la derecha; podemos observar marcados las ciudades de Roma y Terracina (Tarracinae). En el mapa del presente podemos ver cómo la carretera SS7 se corta entre las poblaciones de Cisterna di Latina y Albano Laziale, siguiendo el trazado de la Vía Apia, aunque en su momento una serie de puentes cruzaban esta zona acuosa.

Algo similar ocurre en otras calzadas excepcionalmente largas, como la Vía Aurelia, de 55 km, cuya rectitud solo pudo ser analizada con técnicas modernas con ayuda de fotografías aéreas (Sterpos, 1970).

Ventajas de construir en línea recta

Rosa Méndez Fonte, Doctora en Humanidades y especialista en Patrimonio y Sociedad gallega, comenta en su ensayo Las vías romanas en Galicia que, junto a la preferencia por el terreno elevado, «otra característica de estas calzadas es el gusto por la línea recta», con beneficios desde el punto de vista militar y comercial. Diseñar los caminos y las vías de comunicación elevados, y excluyendo las curvas tenía sus ventajas:

Más elevado significa menos vulnerable

En tiempos del Imperio Romano no se disfrutaba de una paz y tranquilidad como la que se vive hoy, salvo contadas excepciones, en Occidente. Por aquel entonces era raro el reino, estado, país o feudo, por poner algunos nombres, que no andaban a la gresca con los romanos.

Defender las fronteras resultaba crucial, y para ello se tendía a edificar hacia arriba, costumbre que heredaron otras culturas posteriores, lo que también aportaba ventajas durante las crecidas de los ríos y otros sucesos de carácter climático como las nevadas.

La línea recta es el camino más corto entre dos puntos

Imagen de una calzada romana de piedra y césped

Fuente Pxhere.com

Teniendo en cuenta que la Tierra es curva, como hemos visto más arriba, formalmente las calzadas romanas son arcos sobre el suelo, pero estos arcos avanzan por el camino más rápido entre A y B, o entre Roma y Terracina, por poner un ejemplo.

Gracias a esta propiedad de la “recta”, los ejércitos romanos eran capaces de movilizarse a una gran velocidad, y con una flexibilidad que otras naciones no poseían. Como consecuencia, los romanos tenían una ventaja militar de importancia frente al resto.

Un comercio más rápido significaba más capital para inversiones

La red de calzadas romanas que hoy vemos ramificada por el mapa no apareció de la noche a la mañana. Necesitó siglos de preparación, diseño y construcción, aunque hemos de dar cierto crédito a los romanos con respecto a su velocidad. Hoy día resulta relativamente fácil construir una carretera, pero por aquel entonces suponía una obra de ingeniería difícil de abordar.

Buena parte del capital necesario para llevarlas a cabo (recordemos, gran parte eran de construcción privada) provenía de los impuestos o tributos que los comerciantes y ciudadanos pagaban al imperio. Con carreteras más optimizadas y trayectos notablemente más cortos para los comerciantes, el Imperio Romano se capitalizó (para su tiempo) a una velocidad de vértigo.

Los romanos construían en línea recta no solo porque resultaba más sencillo que las curvas, sino porque las calzadas se optimizaban así para su uso. Los romanos no inventaron la calzada, ya que se tienen registros de carreteras con miles de años de antelación, pero sí dieron con un sistema que permitía una construcción rápida, asequible, eficiente y de larga duración.

Escrito por Marcos Martínez Vía blog.ferrovial.com

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